El cielo es azul, la tierra blanca by Hiromi Kawakami

El cielo es azul, la tierra blanca by Hiromi Kawakami

Author:Hiromi Kawakami
Language: eng
Format: mobi
Tags: Drama, romántico
ISBN: 9788492649143
Publisher: Acantilado
Published: 2009-08-31T04:00:00+00:00


BUENA SUERTE

Dos días después del picnic de primavera me encontré con el maestro en la taberna de Satoru, pero yo ya había pagado, así que nos limitamos a intercambiar un saludo.

A la semana siguiente nos vimos en el estanco frente a la estación, pero en aquella ocasión era él quien tenía prisa y tampoco pudimos hablar.

Llegó el mes de mayo. Los árboles de las calles y los parques se revistieron de un nuevo follaje verde. Algunos días hacía tanto calor que se podía salir a la calle en manga corta. Otros, en cambio, hacía tanto frío que parecía que el invierno hubiera vuelto y se echaba de menos el calor del brasero. Fui varias veces a la taberna de Satoru y siempre me cruzaba con el maestro, pero nunca teníamos ocasión de beber juntos.

—¿Ya no quedas con el maestro, Tsukiko? —me preguntó Satoru, inclinándose hacia mí por encima de la barra.

—En realidad, nunca hemos quedado —le aclaré.

—Ya —repuso Satoru, incrédulo.

Habría preferido que no hubiera dicho nada. Cogí los palillos y me dediqué a desmenuzar sin piedad el sashimi que tenía en el plato. Satoru me lanzó una mirada de reproche mientras yo jugueteaba con la comida. Sólo era un pobre pez volador, pero yo no tenía la culpa. Había sido Satoru, con su respuesta sarcástica, quien había provocado la masacre.

Me entretuve durante un rato desmigajando el pez volador. Satoru volvió a la tabla de cortar para preparar la comida de otros clientes. La cabeza del pez volador reposaba rígida encima del plato, con los ojos abiertos. Cogí con los palillos un trozo de sashimi y lo mojé en salsa de soja con jengibre. La carne era fresca y tenía un sabor peculiar. Bebí un sorbo de sake frío y eché un vistazo alrededor de la taberna. En la pizarra se podía leer el menú del día, escrito con tiza: atún crudo picado, pez volador, patatas nuevas, habas y cerdo cocido. No me cabía ninguna duda de que el maestro habría pedido atún crudo y habas.

—El otro día el maestro vino con una señora muy guapa —le dijo a Satoru un hombre gordo que estaba sentado a mi lado.

El tabernero levantó brevemente la vista de la tabla de cortar, pero no respondió. Miró hacia el interior del local y gritó:

—¡Tráeme una fuente blanca!

Un chico joven salió de la cocina.

—¡Caramba! —exclamó el hombre gordo, intrigado.

—Es mi nuevo empleado —presentó Satoru.

El muchacho hizo una leve reverencia y dijo:

—Encantado.

—Se parece mucho a ti —observó mi vecino.

Satoru asintió.

—Es mi sobrino.

El chico hizo una segunda reverencia. El tabernero empezó a servir el pescado crudo en la fuente que le había traído su sobrino. El hombre gordo observó al muchacho detenidamente durante un momento y volvió a centrar la atención en su comida.

Cuando el gordinflón se fue, otros clientes empezaron a pedir la cuenta y la taberna se quedó vacía. Desde la cocina, donde estaba el sobrino del tabernero, llegaba un chapoteo de agua. Satoru sacó un pequeño recipiente de la nevera y repartió el contenido en dos platitos.



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